«Las putas también tienen derechos»: el grito final de una marcha que se transforma tras 15 años

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El pasado sábado 1 de noviembre, decenas de mujeres, colectivas feministas y familiares de víctimas de feminicidio tomaron las calles del Centro Histórico de Puebla en la 15ª y última edición de la «Marcha de las Putas». Bajo el aroma de flores de cempasúchil y el eco de tambores de batucada, esta movilización icónica que durante 15 años fue un símbolo de resistencia, cerró su ciclo para enfocar sus esfuerzos en el acompañamiento directo a madres buscadoras y otras causas sociales.

 

La marcha, organizada por el colectivo El Taller Centro de Sensibilización y Educación Humana A.C., inició en el Paseo Bravo, donde se colocaron ofrendas florales en honor a las mujeres y niñas asesinadas. El contingente recorrió la avenida Reforma hasta llegar al Zócalo capitalino, ejerciendo su derecho a la libre manifestación y a la protesta social, reconocido en el Artículo 9º de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.

 

Cifras que duelen: 29 feminicidios y 50 niñas desaparecidas

Durante el acto, Vanessa Rivera, integrante de El Taller, denunció: «Este año hemos contabilizado 29 feminicidios en Puebla, una cifra mayor a los 19 reconocidos por la Fiscalía General del Estado (FGE), y 50 niñas desaparecidas solo hasta mayo, según Red Lupa», estas cifras reflejan la gravedad de la crisis de violencia de género en la entidad.

 

Marco legal: Derecho a la libre expresión, vestimenta y seguridad

La marcha reivindicó derechos fundamentales establecidos en instrumentos nacionales e internacionales, tales como.

  • Artículo 1º Constitucional, que prohíbe toda discriminación por género.
  • Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, que consagra el derecho a una vida sin violencia.
  • Convención de Belém do Pará, que obliga al Estado a prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra la mujer.

Durante la movilización, las participantes hicieron un llamado a que se respete su derecho a vestir, marchar y expresarse libremente, destacando que la vestimenta nunca justifica la violencia y que la responsabilidad recae únicamente en los agresores.

 

Casos emblemáticos y reclamos de justicia

Entre las historias que resonaron en la marcha estuvieron las de Paulina Camargo, cuya familia representada por Rocío Limón, exigió justicia en el contingente, y el de Andrea Lezama, sobreviviente de violencia vicaria, cuyo agresor fue liberado recientemente. Las activistas criticaron la omisión institucional y la revictimización en los procesos judiciales.

 

La resignificación de la palabra «puta»

Como acto de empoderamiento frente al estigma patriarcal, las participantes reclamaron el término «puta», coreando consignas como «Somos putas porque queremos, y las putas también tienen derechos», pancartas y lonas mostraron apoyo a trabajadoras sexuales y víctimas de hostigamiento, recordando que un insulto machista puede transformarse en bandera de lucha.

 

“Durante 15 años nos organizamos desde la rabia por cada mujer desaparecida, violada, asesinada”, declararon las organizadoras. Aunque la marcha no continuará, aseguraron que mantendrán viva la memoria cada año con una ofrenda en honor a las víctimas de feminicidio, lesbifobia y transfobia.

 

Un performance final y un legado que perdura

Casi al concluir el recorrido, se realizó un potente performance dirigido a denunciar a los hombres pederastas que agreden a menores de edad. Como es tradición, la marcha también cumplió con su objetivo de reivindicar la palabra “puta”, transformando un insulto machista en un símbolo de resistencia y denuncia del acoso callejero.

 

A tres días de la movilización, el mensaje permanece claro: aunque la marcha llegó a su fin, la lucha contra la violencia machista no termina. El legado de estos 15 años de marcha se transforma ahora en una red de apoyo, memoria y exigencia constante de justicia.

 

La decimoquinta y última Marcha de las Putas en Puebla no solo cerró un ciclo de 15 años de lucha en las calles, sino que reafirmó la importancia de la movilización social como herramienta de exigencia y memoria. Aunque esta emblemática marcha llega a su fin, su legado perdura en la transición hacia nuevas formas de resistencia: el acompañamiento cercano a familias de víctimas, la incansable demanda de justicia y la defensa de los derechos de las mujeres a vivir sin violencia.

 

La lucha continúa, ahora desde otros frentes, con la misma convicción: hasta que la dignidad y la justicia para todas se hagan costumbre.

Daniela Gutiérrez

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