Tradición del agua nueva

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Por María José Zardain Pérez

En la comunidad de San Bernardino Tlaxcalancingo, la Semana Santa no solo se vive desde la fe y la representación religiosa, sino también a través de prácticas comunitarias que mantienen vivas las tradiciones ancestrales. Una de ellas es la del “agua nueva”, un ritual que entrelaza la vida cotidiana con lo espiritual.

Esta celebración ocurre cuando una familia que ha realizado una nueva construcción decide abrir su pozo durante estos días santos, ofreciendo el agua a la comunidad como símbolo de renovación y generosidad. Al tratarse de un pozo recién inaugurado, el agua aún contiene tierra, por lo que requiere ser limpiada antes de su uso.

Es entonces cuando niñas y niños de la comunidad participan activamente en el ritual, cargan cubetas con el agua del nuevo pozo y la trasladan hasta la parroquia de la localidad, donde es filtrada cuidadosamente. Este proceso no solo cumple una función práctica, sino que también representa un acto colectivo de cuidado, aprendizaje y transmisión de la tradición.

Una vez limpia, el agua adquiere un nuevo significado. Durante el Viernes Santo, en la parroquia de San Bernardino Tlaxcalancingo, el sacerdote bendice el agua como parte de las celebraciones litúrgicas. Posteriormente, esta se distribuye entre las y los vecinos, quienes la llevan a sus hogares como agua bendita.

Sin embargo, más allá de su dimensión religiosa, la tradición del agua nueva abre una posibilidad de reflexión en un momento histórico, marcado por la crisis hídrica y los modelos extractivistas. En muchas regiones, el agua ha dejado de ser entendida como un bien común, esencial para convertirse en un recurso explotable, sujeto a lógicas de mercado, privatización y sobreexplotación.

En distintas regiones de Puebla, incluyendo la zona cholulteca, los conflictos por el acceso, la contaminación y la privatización del agua se han intensificado en los últimos años. Proyectos de infraestructura, sobreexplotación de mantos acuíferos y la gestión desigual del agua han provocado tensiones entre comunidades, gobiernos y empresas, evidenciando una ruptura en las formas tradicionales de habitar el territorio.

En este escenario, la tradición del agua nueva no es solo una práctica cultural, es también una forma de resistencia simbólica. Frente a la lógica extractiva que concibe el agua como un recurso disponible para su explotación, este ritual afirma otra relación posible, una donde el agua tiene valor en sí misma, y donde su circulación está ligada al cuidado colectivo y donde su uso está atravesado por significados éticos, afectivos y espirituales.

Además, hay una dimensión corporal que atraviesa la práctica. Son los cuerpos, particularmente los de las infancias, los que cargan, trasladan y participan en el proceso. El esfuerzo físico, la repetición del gesto, el contacto directo con el agua y la tierra, configuran una experiencia que inscribe en el cuerpo una forma de entender el mundo. En contraste con las dinámicas contemporáneas, donde el acceso al agua suele estar mediado por infraestructuras invisibles, esta tradición hace evidente el trabajo, el peso y el valor de aquello que sostiene la vida.

Así en Tlaxcalancingo, el agua no solo fluye, se recuerda, se trabaja, se bendice y se comparte. En cada cubeta cargada, en cada filtro improvisado, en cada gota distribuida, se activa una memoria colectiva que desafía las formas dominantes de entender el territorio.

En tiempos de crisis hídrica, volver la mirada hacia estas prácticas no implica idealizar el pasado, sino reconocer que en ellas habitan otras formas de conocimiento. Formas que, quizá permiten imaginar futuros donde el agua deje de ser mercancía y vuelva a ser, como en Tlaxcalancingo, un vínculo vivo entre comunidad, cuerpo y territorio.

Radialista-Feminista apasionada!!💜💥


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Miryam Vargas

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