Entre nopales y edificios; el campo de Tlaxcalancingo

En el campo encontré tranquilidad, si en el campo encontré tranquilidad pues me dedico al campo”

Aquí en Tlaxcalancingo se trabaja bien”, son palabras contundentes del señor Juan David Coyotl Flores, campesino del barrio de San Diego Xochitepec.

Al acudir a los campos de nopales, más cercanos a las torres de acero que al campanario de la parroquia, me llegaron recuerdos ajenos (pero apropiados como míos) de tiempos distantes de la comunidad; atesorados recuerdos de mis padres, abuelos y de algunos otros más. Conforme las calles se iban sintiendo solas, mientras más cultivos había que casas, ante mis ojos se recreaban paisajes descritos en mi infancia de un pueblo que ya no alcancé a ver.

Barrancos y presas que hoy ya no existen, cuerpos de agua donde se pescaba y se aprendía a nadar y un cielo más estrellado sobre los hombros de los trabajadores; que no diera por respirar ese mismo aire. Pero, no solo son paisajes los que se añoran, sino también los recuerdos que se vivieron en ellos, los humildes recuerdos que se vivieron en el pueblo. En tiempos de “pixca” se extraña el trabajo honesto, pero también se extraña una vida sin lujos, pero con todo lo necesario; trabajando… comiendo… viviendo entre surcos y familia.

Al llegar al terreno del señor David, conforme se bajaban las cosas para el corte de nopal, comenzaban a salir los recuerdos de experiencias pasadas; una infancia que guarda gratamente, aunque no siempre le haya gustado el campo. Efectivamente es esto lo que me llama la atención, la experiencia que guarda el poblador de Tlaxcalancingo a lo largo de su vida: el campo es el tema de esta nota, pero la gente de la comunidad trabaja de un lado a otro: le busca, aprende y lo hace bien.

Y en este caso en particular no es la excepción, David de pequeño le ayudaba a su padre, Don Hilarión Coyotl, pero sentía que el campo no era lo suyo. Trabajó por varios años como tornero demostrando su habilidad, “le iba bien” como él lo describe y aunque tenía la oportunidad de volver a los nopales lo rechazaba. Sin embargo, el campo llama a quien siempre fue de ahí. Tras el nacimiento de su primera hija y por la influencia de su esposa (comerciante en la central de abasto) decidió cambiar de oficio; si tenía la tierra para trabajarla no la quería desaprovechar. Desde entonces han pasado 25 años en los que ha vivido un sin fin de experiencias: encuentros con coyotes y conejos, buenas relaciones con otros nopaleros (y algunas veces no tan buenas), sustos con serpientes que entre risas se platican hoy en día, entre otras cosas más.

A la par en cómo se iban llenando los botes y se subían a la camioneta iba a prendiendo un poco más sobre el ciclo del nopal (fijarme donde piso fue mi primera lección). Me explicaba que la vida de una penca es de 4 años; en el primero se siembra antes de abril, para que las lluvias no lo echen a perder, y la primera penca se deja para que surjan las demás; en el segundo año se deja crecer una penca más, la cual durará los siguientes dos años dándonos de su fruto; se cosecha en promedio entre 15 y 25 nopales al mes. Y aunque no requiere de tantos cuidados como otras cosechas, se debe hacer lo propio para que a uno no lo agarre mal parado las peripecias: no se debe dejar que se meta la plaga, la penca sobrante se pica y se le echa medicina para que se queme y sirva como abono.

Sin embargo, hay una realidad que no podemos ignorar: la ciudad se encuentra cada vez más próxima; es una mancha urbana que amenaza con consumirnos. El señor David está muy consciente de esto, no solo por el poco espacio que hay para el campo actualmente, sino también por el mercado laboral que en los últimos años se ha vuelto hostil con los que menos tienen. Hoy los nopales le dan para vivir al pequeño campesino y al gran empresario, evidentemente los últimos mejor que los primeros. El señor David cree que el campo se va a perder, lo teme así; hay nuevas formas de vivir y uno tiene que acoplarse a ellas.

Tras cargar la camioneta, recoger las cosas y agarrar camino para la casa, dejaba a mis espaldas el terreno que momentos antes me enseñó tanto. Mientras más lejos se alcanzaban a ver los nopales y nos acercábamos al centro del pueblo, más entendía las palabras de David:

En el campo desarrollas paciencia, encuentras la calma, el desestres y la paz”

 

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Alejandro Amaxal

Estudiante de Antropología Social, fotógrafo aficionado y apasionado del fútbol